Real Fábrica de Tapices: tres siglos tejiendo la historia de España

Desde que Felipe V trajera a Jacobo Vandergoten en 1721 nueve generaciones de la familia flamenca afincada en Madrid han dirigido la manufactura real, en la que tabajó Goya, sorteando los avatares de las guerras y la escasez de recursos

Cuenta la tradición oral que, en la boda de Leonor de Castilla con Eduardo I de Inglaterra, el séquito español alfombró las sucias calles del Londres de 1255 por donde iba a pasar la comitiva real. Lo que los ingleses interpretaron como un lujo ostentoso y superfluo era en realidad una forma de honrar a los anfitriones, según marca la tradición castellana, una costumbre heredada de los árabes. De ese hábito nació, ya en el siglo XII, un oficio que convirtió a España en el primer país europeo en fabricar alfombras y tapices. Décadas más tarde, ante el aumento de la demanda, Felipe V reclamó a un prestigioso tapicero flamenco, Jacobo Vandergoten, para que, en 1720, encabezara la primera Real Fábrica de Tapices. En en antiguo olivar de Atocha, en la calle que hoy lleva el apellido de la estirpe holandesa, continúa en pie un edificio neomudéjar que ha visto nacer a la única manufactura de este tipo que queda en la Península. «Es precioso poder ver la historia de España a través de los archivos de la fábrica y comprobar que, pese a los avatares que ha sufrido este edificio en casi 300 años, aún sigue en pie», explica con emoción María Dolores Asensi, la actual directora.

Hace doce años que la fábrica se transformó en una Fundación y se desvinculó de la familia originaria tras nueve generaciones tejiendo las memorias de España. La trayectoria del linaje Stuyck-Vandergoten ha tenido tantos contratiempos como la del taller. Jacobo «El Viejo», el patriarca del clan, tuvo que huir del castillo de Amberes tras aceptar el encargo del rey español. Las autoridades flamencas trataron de retenerlo cuando se enteraron de que él y sus seis hijos, ya expertos en el oficio, pretendían establecerse en España.

Detalle de un tapiz. RFT

Entre las calles Santa Engracia y Sagasta, en la vetusta «Casa del Abreviador», se instalaron los ansiados telares. En 1891, cuando las paredes del viejo edificio amenazaban con desplomarse, decidieron trasladar la empresa y la vivienda al actual complejo, frente a la Basílica de Atocha y al Panteón de Hombres Ilustres. El dinero que obtuvieron por la venta del primer solar sirvió para levantar la nueva fábrica y, con el monto sobrante, se construyó un ala del Palacio Real, donde ahora se ubica el Museo de la Armería.

Tras la muerte de Jacobo en 1724, le sucedieron sus hijos. Ellos fueron quienes introdujeron los cambios más importantes tanto en la forma de tejer como en los diseños. Importaron el telar de alto lizo, una estructura vertical en vez de la clásica horizontal, que ya se usaba en Amberes. Y bajo el reinado de Carlos III y la dirección artística del checo Antonio Rafael Mengs, consiguieron que pintores de cámara del monarca como Francisco de Goya —además de José del Castillo, Francisco Bayeu o Andrés Ginés de Aguirre— comenzaran a pintar cartones y bocetos para sus tapices.

«Antes, los tapices valían más que un buque cargado de oro y ser cartonista era tan importante como pintor de corte»

Ya en el llamado Sexenio Revolucionario, tras la Gloriosa de 1868, la Real Fábrica fue subastada al considerar que era propiedad de la Corona y, por lo tanto, parte de los «bienes nacionales». Por fortuna, la venta fracasó. Aunque no por los constantes intentos de Livino por frenarla, sino por la falta de pujadores.

Salvado el percance y restaurada la monarquía, regresó también la época de esplendor para la fábrica. Aunque la incertidumbre volvía a asomar por la puerta del taller el 14 de abril de 1931, cuando se proclamó la Segunda República. Al verse privada de la protección de la Corona, los Stuyck-Vandergoten vieron disminuir de forma drástica los encargos y muchos empleos se pusieron en peligro.

Todavía se siguen tejiendo tapices en telares de alto lizo con la misma técnica que en el XVIII. Foto: RFT

Ahogado por los gastos, Livino Stuyck Millenet le trasladó el problema al presidente Niceto Alcalá Zamora y a su ministro de Hacienda, Indalecio Prieto. «Yo no quisiera que la historia cargue sobre mis espaldas la desaparición de una institución como la Real Fábrica de Tapices», admitió entonces Alcalá Zamora con pesar.

Las negociaciones prosperaron hasta el punto de que, bajo el patrocinio estatal, se encargó que restauraran una de las colecciones más importantes del mundo, que se encontraban en los depósitos del Museo del Prado. Estos eran los tapices del desembarco del rey Alfonso V de Portugal en la Costa de África, que ahora se encuentran en la Colegiata de Pastrana, en Guadalajara. Las 150.000 pesetas que recibieron por todos los trabajos de restauración supusieron un salvavidas para la institución.

Cuando estalló la Guerra Civil, el heredero de los Stuyck-Vandergoten sospechaba que su detención estaba al caer y decidió escapar por la «Puerta de los Carros» en coche, escondido entre las alfombras, para refugiarse en la Embajada de Bélgica. Después de un periplo por Portugal, Francia y Alemania pudo regresar a Salamanca. Aunque la fábrica cerró un tiempo, Gabino Stuyck San Martín no se rindió y trasladó los talleres al municipio madrileño de Cubas de la Sagra.

Encontronazos con el régimen franquista por el nombre monárquico

Aunque la contienda terminó en 1939, la paz no llegó para la fábrica. Francisco Franco quiso acabar con la referencia monárquica del nombre. «Carlos Stuyck discutió con Franco y, para destruir su negocio, crearon la Fundación de Gremios del Generalísimo Franco», relata Valentín Martín Braña, un trabajador de la fábrica que aprendió el oficio de su padre. «No consiguieron cerrar el telar, porque aguantó por su prestigio, pero sí hicieron mucho daño al llevarse a algunos artesanos ofreciéndoles 20 duros en vez de los 15 que pagaban aquí», cuenta este veterano que lleva 36 años en una institución de la que habla como si fuera su hogar.

La fascinación por las historias que le narraba su padre sobre la manufactura le hicieron adentrarse en una profesión que «está en declive porque la gente ha sustituido lo artesanal por lo mecanizado». Recuerda con tristeza cómo el reguero de 250 empleados que subían por la calle Andrés Torrejón para entrar al taller a primera hora de la mañana se ha reducido de forma drástica hasta las 47 personas de la plantilla actual.

Pese a los vaivenes de la historia, cada pieza que sale de la Real Fábrica de Tapices se sigue realizando con los mismos instrumentos de hace tres siglos. Muchas de las míticas obras que se tejieron allí se exhiben y se cuidan en muchos de los palacios que pertenecieron a la Corona. Otra de las piezas de las que presumen está en el Congreso de los Diputados. Más de 60.000 personas al año pisan la inmensa alfombra que Martín y su equipo recogen en mayo (el «estere») y, tras ser limpiada y restaurada en la fábrica, se vuelve a instalar en octubre (el «desestere»). Lo único que ha cambiado desde entonces es el método de lavado y restauración, uno de los más avanzados de Europa. De la limpieza a mano con jabón neutro en el patio del complejo se ha pasado a la instalación de una gigantesca nave de lavado y restauración de tapices, donde ahora trabajan diez artesanos.

Peligro de supervivencia por falta de fondos

La reducción de los fondos de la Unión Europea que subvencionaban la escuela-taller ha puesto en peligro la supervivencia de la fábrica. «En 1998 comenzó la primera promoción y el último curso terminó en 2012. Más de 100 alumnos pasaron por esta escuela. Muchos se han colocado aquí. Lo más difícil de mi gestión fue tener que cerrarla. Me da mucha pena formar a tanta gente joven y luego no poder colocarlos a todos», expresa Asensi con gesto serio. «Espero que, en cuanto nuestras inversiones den sus frutos, podamos retomar los cursos porque sabemos que hay demanda entre los jóvenes».

«Lo más difícil fue tener que cerrar la escuela-taller. Me da mucha pena formar a tanta gente joven y luego no poder colocarlos»

Otro de los objetivos fundamentales de la Fundación es, además de mantener la tradición artesanal y evitar la desaparición de la Real Fábrica de Tapices, poner en valor el fondo documental y gráfico. El archivo con más de 2.500 bocetos y cartones para el diseño de tapices, alfombras y reposteros (bordadores de tejidos con motivos heráldicos). «Ya está casi en su totalidad digitalizado y se hará público a finales de año», pronostica Asensi conteniendo la alegría que supone culminar un proyecto en el que han invertido años de esfuerzo.

Un acervo cultural inigualable que, según Martín «los españoles no sabemos valorar». «Este negocio me ha quitado muchas veces el sueño, pero sigo muy enamorado de él porque me ha dado muchas satisfacciones», comenta emocionado. Un sentimiento que también comparte la directora: «Es nuestro pequeño trocito de historia. Es un reflejo de lo que es la “marca España”, es una muestra más de lo bien que hacemos las cosas en este país».


«La caza de la codorniz», de Francisco de Goya, es una de las primeras primeras obras de la serie de cartones destinada a los tapices de la fábrica, terminados en 1775. Foto: M. R. D.

Se tejen al año unos 250 metros cuadrados de alfombras.
Foto: M. R. D
Los tapices se pueden tejer tanto en telares de alto lizo como de bajo lizo. Foto: M. R. D.
Se fabrican unos 20 metros cuadrados de tapiz al año. Foto: M. R. D.
Los telares del siglo XVIII se siguen utilizando todavía. Foto: M. R. D.
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